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La ruina del streaming: ¿pueden los músicos vivir de Spotify?

4.249,11 euros desde octubre de 2019 a octubre de 2020. Unos 354 euros al mes, más o menos 11 euros al día. Este es el irrisorio beneficio proveniente de las plataformas de streaming que el músico Martí Perarnau denunció hace unas semanas en la cuenta de Instagram de su alter ego musical Mucho. Cuatro álbumes de estudio, 45.000 oyentes mensuales en Spotify o algunas canciones superando ampliamente el millón de reproducciones no son suficiente para obtener una recompensa económica acorde al trabajo del artista.

Mucho
Captura de pantalla de la cuenta de Instagram de Mucho en la que Martí Perarnau compartía cifras de streaming.

Si bien es cierto que la música siempre ha sido un valor intangible, hasta hace un par de décadas era necesario un soporte físico en el que estuviera contenida para poder escucharla. Este requisito desapareció con la explosión de Internet, con la aparición de plataformas como YouTube en 2005 o con aquella afición popular de principios de los 2000 por la descarga ilegal de canciones desde programas como Emule o Ares (la novedad y la necesidad de rellenar el MP3 de 512MB).

La primera década de este caótico siglo XXI finalizó con la irrupción en 2008 de un agente desconocido hasta entonces en la industria de la música, de nombre Spotify, y que popularizó un término que, hoy en día, ya es más que familiar para los consumidores de entretenimiento, el streaming.

Spotify cuenta en este momento con 320 millones de usuarios mensuales activos, según datos del informe del tercer trimestre de la compañía sueca. De esta cifra, 144 millones son suscriptores premium, lo que supone un incremento del 27% respecto al mismo periodo del año 2019. Cada vez más personas pagan por acceder de forma ilimitada al extenso catálogo de música de la plataforma, de la misma manera que actualmente está altamente normalizado tener una suscripción a Netflix, HBO o Filmin para disfrutar del cine y las series bajo demanda.

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A pesar de que cuando Internet se popularizó en el ámbito doméstico también lo hizo la piratería, sobre todo la generación millennial ha entendido que la cultura es un bien fundamental que no puede ser gratis, por lo que las suscripciones a distintas plataformas se han constituido como una parte más de los gastos mensuales, tan necesaria como la compra en el supermercado o el abono transporte.

La mayoría de estos usuarios creen que de esta manera el beneficio es bidireccional, particularmente en el caso de Spotify. Es decir, que la suscripción es una manera de apoyar también económicamente el trabajo de sus artistas favoritos y contribuir a que puedan seguir creando. Nada más lejos de la realidad.

El pasado mes de octubre, el sindicato Union of Musicians and Allied Workers (UMAW) lanzó la campaña Justice at Spotify, con el fin de conseguir una retribución digna para el músico y su equipo por compartir su trabajo en la plataforma creada por Daniel Ek y Martin Lorentzon. Por el momento, la iniciativa cuenta con el apoyo de más de 25.000 artistas, entre los que se encuentran el líder de Sonic Youth, Thurston Moore; el ganador de un premio Grammy, Tyler, the Creator; o los españoles Rufus T. Firefly y el cantautor Nacho Vegas.

El modelo de streaming no sirve para subsistir económicamente en tiempos de COVID-19

La UMAW destaca que la situación actual provocada por la crisis de la COVID-19 ha puesto en riesgo la estabilidad de los artistas, que si ya acusaban un descenso en los últimos años en la venta de música en formato físico, ahora ven reducidas prácticamente al mínimo sus opciones de llenar conciertos en salas y mucho menos en festivales. Es por esto que, tal y como denuncia el sindicato, es ahora cuando los músicos necesitan hacer de las plataformas de streaming una fuente de ingresos digna y estable, ya que es ahí donde se concentra mayoritariamente su público.

La principal reclamación de la campaña promovida por la UMAW es que, al menos, cada reproducción en las plataformas de música en streaming sea remunerada con un centavo de dólar, aproximadamente 0,0082 euros. Actualmente y según datos de la plataforma de gestión de derechos digitales Songtrust, cada vez que una persona escucha una canción en Spotify el artista autor de esta recibe 0,0032 euros, alrededor de 0,0039 dólares.

La lista de demandas del sindicato UMAW es extensa y se sustenta en promover un modelo de negocio más transparente, centrado en el artista y, sobre todo, más justo. Pero este no es el único movimiento de denuncia que últimamente se está difundiendo por las redes en favor de una retribución más decente para los músicos. Los hashtags #FixStreaming y #KeepMusicAlive, promovidos por la Musicians’ Union ha cogido fuerza en Twitter desde principios de este mes de diciembre, cuando la asociación británica denunció que 8 de cada 10 creadores de música ganaron menos de 200 libras al mes durante 2019 contando con todas las plataformas de streaming en las que tienen su trabajo publicado.

Estas cifras, o la que mencionábamos al principio compartida por Martí Perarnau, no son suficientes para poder constituirse como ingresos mensuales dignos, tanto es así que el 92% de los encuestados por Musicians’ Union expresó que menos del 5% de sus ganancias del año pasado provinieron del streaming. Además, el 50% también indicó que sus ingresos por música grabada habían disminuido en los últimos diez años. Este combo ha propiciado que el 43% de los artistas encuestados se haya visto obligado a conseguir un trabajo fuera del ámbito musical para poder subsistir.

Llegaron tarde o se fueron pronto: los renegados de Spotify

La guerra contra el streaming, concretamente contra Spotify, es uno de los conflictos recurrentes entre plataformas y músicos, quienes han demandado una retribución más justa desde el inicio. Muchos artistas se han resistido a publicar su trabajo en Spotify, aunque la mayoría han terminado por ceder, no tanto por convicción sino como un gesto hacia sus seguidores.

Spotify se lanzó en octubre de 2008 en Reino Unido, Francia, España y los países escandinavos, pero algunos grupos masivos tardaron años en compartir su música en la plataforma. En 2012, Red Hot Chili Peppers dieron el paso, a quienes siguieron un año después Led Zeppelin, Pink Floyd o The Eagles. En 2014 lo harían Oasis o Rammstein y no fue hasta 2015 cuando la discografía de AC/DC o los Beatles estuvo disponible en Spotify.

De la misma manera, hubo quienes tomaron la decisión de retirar su trabajo de la plataforma cuando comenzaron a sospechar del modelo de negocio que esta ofrecía. Es el caso del líder de Radiohead, Thom Yorke, quien en 2013 y tras criticar abiertamente el funcionamiento interno de Spotify, eliminó su música en solitario, así como la de su proyecto junto con Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, Atoms for Peace.

Un año más tarde Taylor Swift hizo lo propio con sus álbumes por no estar “dispuesta a contribuir con el trabajo de mi vida a un experimento que no creo que compense de manera justa” a los artistas y todo el que participa en el proceso de creación musical. Por su parte, Prince también retiró su música del catálogo de la plataforma de streaming en 2015. Las creaciones de todos ellos retornaron a Spotify en 2017.

La guerra ahora se libra en Spotify, pero el enemigo siguen siendo las discográficas

Pero, ¿realmente Spotify tiene la posibilidad de aumentar el gasto destinado a la retribución de los artistas? La plataforma de streaming con sede en Estocolmo no ha realizado un balance financiero positivo desde su lanzamiento en 2008, con la salvedad del último trimestre de 2018. El último ejercicio trimestral, correspondiente a los meses de verano, se tradujo en unas pérdidas de 101 millones de euros. Sin embargo, los ingresos totales fueron 1.975 millones de euros, lo que hace que quepa preguntarse a qué o quién destina Spotify el dinero que gana si el pago a los músicos supone solo una mínima parte de él.

Hace unos meses, el ex directivo de Spotify, Tristan Jehan, desvelaba al medio israelí Globes –en una entrevista que posteriormente desapreció de la web– que la plataforma de streaming devuelve el 75% de sus ingresos en concepto de derechos de autor a la industria musical, es decir, a las discográficas, pero de ese porcentaje únicamente el 10% o como mucho el 15% llegan al bolsillo de los artistas.

Spotify solo actúa como un intermediario entre las compañías discográficas y los clientes/oyentes para vender un producto, en este caso la música de los artistas que representan. La empresa sueca tiene acuerdos con las tres gigantes mundiales del sector, Sony, Universal y Warner, por lo que se asegura un catálogo musical ingente y masivo, al tiempo que se arriesga a que prácticamente todo el beneficio acabe en sus manos, que es precisamente lo que ocurre, tal y como sucedía hace 10, 20 o 30 años.

Nada ha cambiado al tiempo que todo ha cambiado. El futuro inmediato no se plantea halagüeño para nadie, pero mucho menos para sectores especialmente castigados como es el de la música. Si no hay conciertos ni festivales, si no se venden discos y si el streaming no genera beneficios, se esfuman las posibilidades de supervivencia de una profesión cuyo trabajo es fundamental para la sociedad en múltiples sentidos. Y a ver quién nos canta cuando todo estalle.

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